


EL PODER DE LAS COSAS PEQUEÑAS
1. Una palabra
Antes de la creación de los planetas, del nacimiento de las estrellas, constelaciones, agujeros negros y mucho antes de la creación del Hombre, existió el pensamiento y la voz de Dios; por medio de su Palabra fueron creadas todas las cosas, todos los seres.
¿Qué poder tiene una palabra y con qué intenciones se emplea?
Cada palabra está acompañada por un sentimiento, una idea, un fin y aunque parezca muy sencilla produce grandes cambios en quien la recibe o también en quien la rechaza. Tomemos estas palabras como ejemplo.
a. Mamá
Cuando el hijo o la hija pronuncia esta palabra el corazón de la madre se estremece, y ella acude a él para ofrecerle lo que necesita en ese momento.
b. Peligro
La amenaza es inminente y es posible que no la hayamos detectado, pero si alguien nos advierte a tiempo, nos libra de un accidente o de una muerte prematura.
c. Fuego
Basta observarlo para sentir pánico y si alguien grita desesperado frente a un incendio, todo nuestro ser reacciona de inmediato.
d. La Palabra da vida
El ángel Gabriel le anuncia a María que va a ser la madre del Hijo de Dios; Ella no posee imágenes ni historias de sucesos parecidos, sólo cuenta con la palabra del Mensajero celestial: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Y la respuesta de María es muy generosa: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 35. 38).
Las decisiones de una mujer sencilla nos dieron la posibilidad de conocer al Hijo de Dios hecho carne y sangre, un ser humano real de nuestra tierra y con la presencia del Espíritu divino.
El poder de Dios se reveló de manera sencilla y contundente en Jesús, quien nos enseñó con su ejemplo de vida a valorar las cosas pequeñas, a desprendernos de las falsas riquezas y a descubrir la grandeza del amor, el sentimiento más poderoso que nos abre las puertas de la eternidad y nos capacita para vencer al mal.
2. Un florero
Algunos se preguntarán, ¿por un simple florero se armó una revuelta? Fue el instrumento, el comodín. El deseo de cambiar las cosas, de construir una nación más justa y sin la imposición de gobiernos extranjeros, llevó a las gentes a revelarse y a querer algo mejor. Fue un florero, pero podría haber sido un sombrero, una vela o una pelota de juego. Algo pequeño pero con un fin bastante grande.
Gobernar y organizar a los pueblos ha sido, y continúa siendo, una tarea compleja, que exige mucha sabiduría y paciencia por parte de quienes asuman este compromiso.
El descontento de los pueblos criollos frente a los gobernantes españoles iba creciendo y sus líderes buscaban una oportunidad para perturbar el orden y tomarse el poder.
Es importante resaltar algunos detalles que modificaron la historia de nuestro país antes y después del 20 de julio de 1810.
“Los principales personeros de la oligarquía criolla que conformaban la junta eran: José Miguel Pey, Camilo Torres, Acevedo Gómez, Joaquín Camacho, Jorge Tadeo Lozano, Antonio Morales, entre otros.
La junta de notables propuso entonces crear un incidente con los españoles, a fin de crear una situación conflictiva. Don Antonio Morales manifestó que el incidente podía provocarse con el comerciante peninsular don José González Llorente y se ofreció "gustoso" a intervenir en el altercado. Los notables criollos aceptaron la propuesta y decidieron ejecutar el proyecto el viernes, 20 de julio, fecha en que la Plaza Mayor estaría colmada de gente de todas las clases sociales, por ser el día habitual de mercado.
Se convino que un grupo de criollos (encabezados por Pantaleón Santamaría y los hermanos Morales) fueran el día indicado a la tienda de Llorente a pedirle prestado un florero o cualquier clase de adorno que les sirviera para decorar la mesa de un anunciado banquete en honor a otro criollo destacado, Antonio Villavicencio. En el caso de una negativa, los hermanos Morales procederían a agredir al español.
A fin de garantizar el éxito del plan, si Llorente entregaba el florero o se negaba de manera cortés, se acordó que don Francisco José de Caldas pasara a la misma hora por frente del almacén de Llorente y le saludara, lo cuál daría oportunidad a Morales para reprenderlo por dirigir la palabra a un "chapetón" enemigo de los americanos y dar así comienzo al incidente.
Entonces intervino Caldas, quien pasó por frente del almacén y saludó a Llorente, lo que permitió a don Antonio Morales, como estaba acordado, tomar la iniciativa y formular duras críticas hacia Llorente. Morales y sus compañeros comenzaron entonces a gritar que el comerciante español había respondido con palabras contra Villavicencio y los americanos, afirmación que Llorente negó categóricamente.
Mientras tanto los principales conjurados se dispersaron por la plaza gritando: “¡Están insultando a los americanos! ¡Queremos Junta! ¡Viva el Cabildo! ¡Abajo el mal gobierno! ¡Mueran los bonapartistas!” La ira se tomó el sentir del pueblo.
Indios, blancos, patricios, plebeyos, ricos y pobres empezaron a romper a pedradas las vidrieras y a forzar las puertas. El Virrey, las autoridades militares y los españoles, contemplaron atónitos ese súbito y violento despertar de un pueblo al que se habían acostumbrado a menospreciar
(Tomado de colombiaaprende.com)
Es importante ser agradecidos con aquellos que lucharon para que nuestros pueblos marcharan por caminos menos pedregosos hacia la autonomía y el progreso. Del mismo modo, evitar los calificativos de “malos” y “buenos”, porque en esta carrera de la vida todos somos responsables de los avances como de las derrotas.
Este es el caso de uno de los actores centrales del 20 de julio, el español José González Llorente, a quien la historia oficial pinta como una persona histérica, mal hablada y enemiga de los americanos.
Era en realidad, un próspero comerciante peninsular que había llegado a Cartagena a la edad de 12 años. Y era, para 1810, el único ciudadano en Santafé de Bogotá que sabía hablar inglés, que había aprendido durante su permanencia en la costa Caribe colombiana. De hecho, fue el traductor oficial de los documentos escritos en esa lengua para el virrey Amar y Borbón. También daba clases de caligrafía y gramática. Falleció en Cuba después de un exilio breve en Jamaica.
(El Tiempo.com Los detalles desconocidos de aquel 20 de julio de 1810)
Jaime Aparicio M. multimedia2@paulinas.org.co
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