Junio de 2008 a Junio de 2009
   
 
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Modelo de discipulado misionero


Después de la desconcertante llamada de Dios en el camino de Damasco y luego de recibir el bautismo, san Pablo regresa a Jerusalén. Mientras ora en el templo, entra en éxtasis y ve a Jesús quien le dice: “Anda, que yo te voy a enviar a pueblos lejanos” (Hch 22,1721). Su destino está marcado: ser ministro y testigo de Cristo en el mundo. El amor de Cristo lo empuja hacia los pueblos. “El amor de Cristo nos apremia”, escribe. San Pablo se siente deudor del anuncio de Cristo a todos los pueblos. Por eso, pobre y con mucho sacrificio, sin tener en cuenta las fatigas e incomodidades, recorre miles de kilómetros para predicar el evangelio. Constituye comunidades de las cuales se siente padre en la fe y las sostiene y guía con sus cartas. Sin duda alguna, san Pablo es el modelo más espléndido de discípulo misionero.
Su testimonio y sus escritos han alimentado y sostenido a los cristianos de todos los tiempos, han impulsado la profundidad de los místicos y el celo incansable de los misioneros y apóstoles. Durante este año tendremos la oportunidad de conocerlo mejor, imitar sus ejemplos, y alcanzar su poderosa intercesión.

San Pablo predicador del Evangelio

“¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Co 9,16)
San Pablo dedicó toda su vida y sus energías a comunicar el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Se puso al servicio de Cristo y de su Evangelio. Hipotecó su libertad personal para llevar el amor de Dios a todos. Al asumir su la-bor como evangelizador subordinó cualquier otro interés a la tarea de la evangelización, renunció por completo a todo lo que pudiera interferir en la misión de llevar la Buena Noticia. Comprendió que para llevar a Cristo a todos él debía ser “todo para todos”.

El apóstol estuvo dispuesto a soportar cualquier padecimiento personal antes que permitir el más ligero obstáculo en la conversión de sus hermanos judíos a Cristo. Prefirió renunciar al ejercicio de la libertad respecto de la Ley en atención a los hermanos que podría escandalizar (cf. 1Co 9,20). En sus relaciones con los judíos tuvo el mayor respeto por la observancia de la Ley, siendo consciente de que en esto no hacía más que seguir el ejemplo de Jesús.

Igualmente se hizo “gentil con los gentiles”. Entendió que la Buena Nueva podía germinar en cualquier cultura o civilización. Por eso, no exigió a los gentiles ninguna conducta o práctica que no brotara del mensaje cristiano. Tuvo siempre presentes a los paganos, hasta el punto de usar la lengua griega y asumir conceptos y expresiones tomadas de la filosofía griega y de las religiones mistéricas.

Y llegó a hacerse “débil con los débiles”. Para él lo más importante fue salvar “al hermano débil por quien murió Cristo” (1Co 8,11). Cualquier interés personal quedó subordinado al supremo propósito de Dios al enviar a su Hijo: la salvación de los hombres. La predicación del Evangelio no hizo que el apóstol desconociera la realidad de su pueblo. A ejemplo de Jesús, procuró que los pobres y marginados tuvieran acceso al conocimiento de Dios y al mejoramiento de sus condiciones de vida. “Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo con todos para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio para ser partícipe del mismo” (1Co 9,22-23).

“He sido constituido heraldo y apóstol” (1Tm 2, 7)


A partir de su conversión, Pablo se sintió impulsado a predicar el Evangelio. No obstante, su pasado como perseguidor enardecido, consideró que Dios lo había destinado desde antes de nacer para que anunciara su mensaje de salvación. Así escribió a los gálatas: “Dios me escogió antes de nacer y me llamó por su gracia. Él tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que lo anunciara entre los gentiles” (Ga 1,15-16). Y a su discípulo Timoteo escribió: “Digo la verdad, no miento, yo he sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en la fe y en la verdad” (1Tm 2,7).

El Evangelio que él predicó no era una teoría humana. Él estuvo convencido de que su mensaje había sido revelado por Dios mismo, que lo había llamado. “Les hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Ga 1,11-12). “He llegado a ser ministro del Evangelio, conforme a la gracia que Dios me concedió por su poder” (Ef 3,7). El apóstol se presenta como un intermediario de la Palabra de Dios, un heraldo que cumple una misión encomendada por el Altísimo. Por eso, los resultados obtenidos no eran para vanagloria del predicador, sino para gloria de Dios. “Hemos sido juzga-dos aptos por Dios para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos, no buscando agradar a los hombres, sino a Dios” (1Ts 2,4).

San Pablo fue un apasionado por “globalizar” el Evangelio. Se hizo instrumento para que el deseo de Dios se hiciera realidad: “Que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2,4). Sus viajes misioneros no tuvieron otro objetivo que llevar la Buena Nueva de Cristo “donde aún no era conocida” (Rm 15,20).  Las dificultades e in-convenientes no pudieron hacer que cediera en su anhelo, pues sentía que el mismo Cristo actuaba a través de él. “Por esta tarea me afano, luchando con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí” (Col 1,29). “No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16).

“La Palabra de Dios no está encadenada” (2Tm 2, 9)


Para san Pablo la predicación del Evangelio no tuvo fronteras. Ante el rechazo de los judíos, se dedicó con todas sus energías a comunicar el mensaje de Cristo a los gentiles. Por tierra y por mar se dirigió a los lugares más distantes para sembrar la Palabra de Dios. La carta constituyó un medio vital para estar en contacto con sus comunidades, a las cuales no sólo exponía el mensaje de Cristo, sino que exhortaba, animaba, orientaba y hacía crecer en la fe.

La Palabra de Dios que lo alcanzó en el camino a Damasco lo inquietó en todo lugar. Su predicación fue la manifestación continua de que Jesús es la Palabra del Padre, que vino al mundo para salvar al ser humano. Como le sucedió a Isaías (Is 6,5-7) y a Jeremías (Jr 1,9), el Señor le dio labios persuasivos para que anunciara el Reino de la misericordia divina. El Espíritu Santo lo impulsó a predicar “a tiempo y a destiempo” (2Tm 4,2), sorteando las cruces que se le presentaron por doquier.

El Evangelio anunciado por Pablo fue acogido no sólo por la capacidad discursiva del apóstol, sino sobre todo por su coherencia de vida. Su método evangelizador fue perfeccionándose con la práctica. En el primer viaje visitó las regiones que conocía: Cilicia, Panfilia, Pisidia. El método consistió en visitar un lugar, anunciar el Evangelio, crear una comunidad y seguir adelante, sin detenerse mucho tiempo en un solo lugar. En el segundo viaje, que lo llevó a Europa, permaneció más tiempo en el mismo lugar (cf. Hch 18,11). En el tercer viaje fue directamente a Éfeso (Hch 19,1), donde permaneció tres años; luego estuvo tres meses en Corinto (Hch 20,3). Al final, el método fue irradiar el Evangelio desde un lugar central. Pero, si su testimonio de vida no hubiera sido ejemplar, seguramente ningún método hubiera dado resultados. “Sigan mi ejemplo como yo sigo el de Cristo” (1Co 11,1).

Pablo afrontó muchas dificultades en su misión evangelizadora. Él mismo dice que soportó azotes, naufragios, persecuciones, acusaciones… No obstante, anunció el Evangelio “con firmeza y sin impedimento” (Hch 28,31). ¿Qué lo animó a seguir adelante? “El Señor estuvo a mi lado, llenándome de fuerza, para que la predicación del Evangelio fuera llevada a cabo por mí, llegando a los oídos de todas las naciones” (2Tm 4,17). Este fue el secreto de su vigor apostólico. Sus cartas, sus viajes, sus discursos, su vida cotidiana constituyeron un único mensaje, capaz de llegar hasta los confines del mundo.

.....Paulinas Colombia 2008.....