23 de Mayo

Escucha La Palabra de Dios para cada día

 

Primera Lectura

Lectura del libro del Génesis 11, 1-9

En aquel entonces todo el mundo hablaba una misma lengua con idénticas palabras. En sus viajes por el oriente, los hombres llegaron a una llanura en el país de Senaar y se establecieron allí. Entonces dijeron: “Hagamos ladrillos y los endurecemos al fuego”. Y usaron los ladrillos como piedras para construir, pegándolos con asfalto. Después dijeron: “Ahora construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo, y así nos haremos famosos y no nos dispersaremos por toda la tierra”. Bajó el Señor a ver la ciudad y la torre que los hombres habían construido, y dijo: “¡Ahí están! Son un solo pueblo y hablan todos una misma lengua. Y esto no es más que el comienzo de lo que van a hacer. Pronto nada de lo que se propongan les resultará imposible. Bajemos allá y confundamos su lengua, para que no se entiendan al hablar”. El Señor los dispersó desde allí por toda la tierra, y dejaron de construir la ciudad. Aquella ciudad se llamó Babel, es decir, “confusión”, porque allá el Señor confundió la lengua de todo el mundo y desde allí los dispersó por toda la tierra.

 

L: Palabra de Dios

T: Te alabamos, Señor

 

Salmo responsorial 32, 10-15

 

 R.  Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

El Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos; pero el plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad /R. 

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que Él se escogió como heredad. El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los hombres /R.  

Desde su morada observa a todos los habitantes de la tierra: Él modeló cada corazón, y comprende todas sus acciones /R.

 

Segunda Lectura

Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 22-27

Hermanos: Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no solo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en lo íntimo esperando que el Padre nos conceda la perfecta adopción y la redención, incluso corporal. Con esta esperanza nos ha dado Él la salvación. Ahora bien, lo que ya se ve no es objeto de esperanza, pues nadie espera lo que ya está viendo. Estamos, pues, esperando algo que no vemos aún, y así van juntas esperanza y paciencia. Por eso viene el Espíritu Santo en ayuda de nuestra debilidad. Nosotros no sabemos qué pedir en la oración ni la forma de hacerlo: el Espíritu es quien gime en nosotros, y aun sin palabras intercede. Y Dios, que penetra hasta lo más íntimo de los corazones, sabe lo que el Espíritu quiere decir y cómo su intercesión en favor de los fieles está de acuerdo con la voluntad divina.

 

Evangelio San Juan 7, 37-39

 

“De su pecho habían de brotar manantiales de agua viva”

 

Estando Jesús en el templo, el último día, el más solemne de la fiesta, en voz alta hizo este llamamiento: “El que tenga sed, venga a mí, y el que cree en mí, que beba”. Porque, como dice la Escritura, de su pecho habían de brotar manantiales de agua viva. Con aquel llamamiento se refería Él al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él. En efecto, como Jesús no había sido glorificado aún, todavía no había venido el Espíritu.

 

S: Palabra del Señor                                     

T: Gloria a ti, Señor Jesús

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