Rosario por los enfermos

 

Motivación:  La enfermedad en lugar de ser una circunstancia adversa que llega a nuestra vida, es una valiosa oportunidad para apreciar más nuestra existencia y las personas que están a nuestro alrededor. Sin lugar a dudas, este tiempo de pandemia nos ha llevado a percibir la enfermedad como una amenaza y una circunstancia difícil que no quisiéramos pasar. Sin embargo, desde nuestra experiencia de fe, como lo afirma la Instrucción sobre las oraciones para obtener de Dios la curación, la enfermedad constituye ante todo un “medio de unión con Cristo y de purificación espiritual” y “un momento privilegiado para la oración: sea para pedir la gracia de acoger la enfermedad con fe y aceptación de la voluntad divina, sea para suplicar la curación”.

Con el deseo de hacer de la enfermedad un medio que una nuestra vida más a Dios y a nuestros hermanos, vamos a orar este santo rosario, poniendo  bajo la protección de Nuestra Señora de Lourdes, a todas las personas enfermas y a quienes cuidan de ellas, tanto en los lugares destinados a su asistencia, como en el seno de las familias y las comunidades. Oramos especialmente por quienes sufren en todo el mundo los efectos del coronavirus. En cada misterio contemplaremos apartados del mensaje del Papa Francisco para este día.

 

Canto:

María tú, intercesora,
María tú nuestra Señora (2)

Eres la gracia viva
Dios contigo eres la elegida;
y tu hijo Jesucristo, entre tu vientre
te consagró Madre Universal.

María tú, intercesora,
María tú nuestra Señora(4)

 

Primer misterio: El servicio

“Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8)

La fe nos lleva a reconocer al otro como un hermano que necesita de nuestro apoyo y solidaridad cuando pasa alguna necesidad. Muchas veces, por temor a comprometernos con ellos o cerrarnos en nuestros propios intereses, ignoramos sus sufrimientos y pasamos de largo. Como los fariseos que Jesús crítica en el evangelio: “Dicen, pero no hacen” (Mt 23, 3), vivimos una fe desligada de los sufrimientos del otro y caemos en la hipocresía, “un mal muy grave, cuyo efecto es impedirnos florecer como hijos del único Padre, llamados a vivir una fraternidad universal”. Ante dicho mal, Jesús nos propone detenernos “escuchar, establecer una relación directa y personal con el otro, sentir empatía y conmoción por él o por ella, dejarse involucrar en su sufrimiento hasta llegar a hacerse cargo de él por medio del servicio”

¿Somos solidarios con los demás, especialmente con los enfermos o aquellos que pasan alguna necesidad?

 

Segundo misterio: Nuestra necesidad de Dios.

“Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42,5).

“La experiencia de la enfermedad hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro. Nuestra condición de criaturas se vuelve aún más nítida y experimentamos de modo evidente nuestra dependencia de Dios. Efectivamente, cuando estamos enfermos, la incertidumbre, el temor y a veces la consternación, se apoderan de la mente y del corazón; nos encontramos en una situación de impotencia, porque nuestra salud no depende de nuestras capacidades o de que nos “angustiemos” (cf. Mt 6,27). Es en estos momentos, en que más necesitamos unir nuestra vida a Dios y reconocer como él, nos fortalece a través de su Palabra y de las diferentes mediaciones que pone en nuestro camino para ayudarnos a superar esta difícil circunstancia.

¿Experimentamos la presencia de Dios en las enfermedades y circunstancias difíciles que vivimos?

 

Tercer misterio: La solidaridad fraterna.

Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos (Jn 13, 35).

La cercanía “es un bálsamo muy valioso, que brinda apoyo y consuelo a quien sufre en la enfermedad. Como cristianos, vivimos la projimidad como expresión del amor de Jesucristo, el buen Samaritano, que con compasión se ha hecho cercano a todo ser humano, herido por el pecado. Unidos a Él por la acción del Espíritu Santo, estamos llamados a ser misericordiosos como el Padre y a amar, en particular, a los hermanos enfermos, débiles y que sufren (cf. Jn 13,34-35). Y vivimos esta cercanía, no sólo de manera personal, sino también de forma comunitaria: en efecto, el amor fraterno en Cristo genera una comunidad capaz de sanar, que no abandona a nadie, que incluye y acoge sobre todo a los más frágiles”.

¿Cómo podemos ser más solidarios y fraternos con los enfermos de nuestra familia?


Cuarto misterio: La caridad.

“El amor es paciente y bondadoso” (1 Co 13, 4).

“Del misterio de la muerte y resurrección de Cristo brota el amor que puede dar un sentido pleno tanto a la condición del paciente como a la de quien cuida de él. El Evangelio lo testimonia muchas veces, mostrando que las curaciones que hacía Jesús nunca son gestos mágicos, sino que siempre son fruto de un encuentro, de una relación interpersonal, en la que al don de Dios que ofrece Jesús le corresponde la fe de quien lo acoge, como resume la palabra que Jesús repite a menudo: “Tu fe te ha salvado”.

¿Cómo podemos cuidar con mayor amor y dedicación a nuestros enfermos?

 

Quinto misterio: La relación con los enfermos.

“Estuve enfermo y me visitaron” (Mt 25, 36)

“El mandamiento del amor, que Jesús dejó a sus discípulos, también encuentra una realización concreta en la relación con los enfermos. Una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a sus miembros frágiles y que más sufren, y sabe hacerlo con eficiencia animada por el amor fraterno. Caminemos hacia esta meta, procurando que nadie se quede solo, que nadie se sienta excluido ni abandonado”.

¿Cómo podemos llevar más a nuestra oración cotidiana las necesidades de aquellos que sufren a diario por sus enfermedades?


Oración final:

Nuestra Señora de Lourdes, Madre de la misericordia y Salud de los enfermos, intercede por todas las personas enfermas, los agentes sanitarios y quienes gastan su vida, al lado de los que sufren. Sostén desde la gruta de Lourdes y desde cada uno de los santuarios dedicados a ti, nuestra fe y nuestra esperanza. Ayúdanos a cuidarnos los unos a los otros con amor y espíritu fraterno. Amén.

 

 

Hna. Mariluz Arboleda Flórez, fsp.

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